Reflexiones Cristianas

8. Elcana y Ana: cumplir un voto

In 2007 3er Trimestre on agosto 24 , 2007 at 5:27 pm

Comentario sobre la Lección de la Escuela Sabática para la semana del 18 al 24 de agosto, 2007
FUENTE: http://www.spectrummagazine.org/cafehispano/ss/070820haerichsp.html


Por Donna Haerich
(Traducido por Carlos Enrique Espinosa)

A los teólogos les encanta esta historia debido a los elementos relativos al pacto que contiene: una mujer desamparada, un hijo por el cual se ora, un primogénito para el sacrificio. Los lectores tradicionales dirán que la importancia de esta historia radica en que nos enseña a tomar en serio nuestros votos y a cumplir cualquier promesa hecha al Señor, por muy difícil y doloroso que resulte; nuestra devoción será tenida en cuenta y premiada. Pero antes de que nos quedemos con una interpretación tipológica, o de que simplemente descongelemos una versión seca y fría y la aceptemos, preguntémonos, ¿cómo podemos meternos en esta historia y encontrar un significado para nuestra vida actual?

Frente a esto, Elcana parece un marido contemporáneo. Es cariñoso, gentil y respetuoso. Incluso lleva anualmente a toda su familia extensa de vacaciones para celebrar las fiestas nacionales. Tiene especial sensibilidad por las necesidades emocionales de su primera esposa y es comprensivo con el estigma de su infertilidad.

Por su parte, Ana es una mujer inteligente, devota y educada, una compañera digna de Elcana. Su hermoso cántico, registrado en 1 Samuel 2, es una anticipación del Magnificat. Como sucede con muchos poetas, una profunda desesperanza fue la fuente de su creatividad. Esta obra literaria pone de manifiesto que ella era una buena conocedora de la historia de Israel y de sus leyes.

El Dios que ellos adoraban reclamaba para sí a los primogénitos de la matriz (Éxodo 13:2). Si bien la ley mosaica hacía provisión para el rescate de los hijos humanos, el ideal de ofrecer al primer hijo era considerado el sacrificio supremo. Seguramente la culpa que sentía Ana, y el castigo que Dios le había infligido, hacían necesaria una expiación tal. La narración dice que su esposo, Elcana, fue comprensivo y estuvo de acuerdo. La apoyó en su decisión de dedicar a su primogénito para que fuera totalmente del Señor (Núm. 30:1–15).

Ya que no se puede dejar así nomás a un bebé en las escalinatas de la iglesia, la Biblia dice que los padres llevaron al niño a la presencia del sacerdote Elí. Moisés tenía doce años de edad cuando sus padres dejaron de criarlo; Samuel, en cambio, era todavía un infante. ¿Iba a ser Elí su principal cuidador? ¿O el niño creció así, igual que Topsi? ¿Dónde vivió? Todavía no existía el templo, a pesar de lo que muestran las ilustraciones de nuestros libros para niños. ¿Hizo Elcana arreglos especiales, gracias a su influencia, por ser levita, para que alguien cuidara a su hijito en Silo?

Durante mucho tiempo tuve varios malentendidos acerca de las prácticas religiosas del antiguo Israel. Yo creía que Israel tuvo épocas de ortodoxia; tiempos en los que, como nación, hacía todas las cosas de acuerdo con la ley. Luego, creía yo, hubo otras épocas cuando la nación perdió de vista totalmente a su Dios y adoró a divinidades extranjeras. Yo creía que su adoración corporativa reflejaba una de las dos situaciones, de fidelidad o de infidelidad.

Es más, yo creía que era sólo en esos tiempos, cuando la nación abandonaba la verdadera adoración, que se comportaba de maneras inhumanas y crueles. Pero un estudio cuidadoso de las Escrituras nos indica que desde los tiempos en que Israel fue llevado al exilio, el pueblo escogido nunca tuvo una fe “pura”. Pareciera que la nación siempre estuvo mezclando las cosas, combinando las prácticas y ritos paganos con su adoración a Yahvé.

Un claro ejemplo de esto era la práctica de “hacer pasar a los hijos por el fuego,” una manera eufemística de decir que el pueblo ofrecía holocaustos humanos. Esta cruel abominación, este “derramamiento de sangre inocente,, como decían los profetas para referirse a esta práctica, era realizada incluso dentro de los recintos del propio templo. Fue esta práctica la que, eventualmente, llegó a ser el punto sin retorno para el pueblo de Judá (Jer. 7:30, 31; 32:32–35; Eze. 20:23-31; 23:37–39; 2 Rey. 23:31, 32; 24:1, 3, 4).

Yo pensaba que esta actividad aberrante era una noción totalmente pagana, hasta que me di cuenta de que hay “textos clave” que, si los tomamos literalmente, parecen apoyar esta práctica (Num. 3:13; Lev. 27:28, 29). Estos textos clave, combinados con una grave incomprensión de la persona de Dios y sus acciones, fácilmente pudieron llevar a los israelitas a creer que Dios no sólo estaba de acuerdo con esta conducta sino que, en efecto, él la requería.

El aspecto más perturbador de la historia de Jefté no es la promesa aparentemente impulsiva que hizo, que lo llevó a sacrificar a su única hija, sino la falta de algún comentario en las Escrituras que indique que esto fue considerado malo, o por lo menos fuera de lo común. No hay un registro de condenación ni de desafuero moral por sus acciones.

Así que Ana y Elcana toman a su hijito de tres años y lo “entregan” a Dios. Padres devotos dejan a su hijo infante en manos de un sacerdote cuya reputación de malas cualidades paternales era de público conocimiento. Y ellos lo hicieron creyendo que estaba de acuerdo con la voluntad de Dios, y que Dios aceparía con placer este sacrificio.

¡Qué concepto de su Dios debe haber tenido el pueblo! Tal concepto llevó al profeta Miqueas a hacer la pregunta retórica, “¿Daré mi primogénito por mi trasgresión, al fruto de mis entrañas por el pecado de mi alma?” (Miqueas 6:6–8). Tristemente, la suposición de muchos adoradores israelitas era que Dios no sólo requería expiación por sus culpas, sino que los hijos eran el sacrificio preferido.

De qué manera la idea que uno tiene de Dios influencia nuestra conducta, está ilustrado en la vida de la joven Elena de White. En su libro Bosquejos de vida, ella registra un encuentro personal con Jesús: “Él me contemplaba con un ceño fruncido, y apartó su rostro de mí. No puedo describir el terror y la agonía que sentí.…Deseaba hacer cualquier cosa que el Señor me pidiera, para poder recibir su aprobación, y no sentir su mirada aterradora”.1

Es así como vemos a esta joven madre dispuesta a dejar a su hijo primogénito durante sus primeros cinco años de vida con otra familia, o, como dijo ella, “sacrificar la compañía de nuestro pequeño Henry.” Ella creía que Dios le había perdonado la vida, pocos meses antes, cuando estuvo muy enfermo, y que si Henry le impidiera cumplir con sus deberes, Dios lo quitaría permanentemente de su lado. “Fue duro desprenderme de mi niño. Su carita triste, cuando lo dejé, estaba delante de mí día y noche; sin embargo, fortalecida por el Señor, lo saqué de mi mente.”2

Los eruditos y los estudiantes de psicología del desarrollo están familiarizados con el concepto de la teoría del apego, que postula que una relación cálida, íntima y continua entre un infante y su madre, o madre sustituta, es esencial para un desarrollo humano saludable.3 Los efectos negativos de la separación entre los niños pequeños y sus madres, así como la ausencia de éstas, han sido bien estudiados y documentados.4

El pequeño Samuel llevó durante toda su vida las heridas causadas por la desviada devoción de sus padres. Cuando Samuel era de avanzada edad, después de haber juzgado fielmente a Israel durante cuarenta años, el pueblo le pidió que les diera un rey, y él sintió el dolor del rechazo nuevamente. Con el corazón quebrantado clamó a su Padre celestial. Y el mismo Dios, que en las horas nocturnas habló con piedad a un pequeñuelo solitario, le dio seguridad: “Samuel, no es a ti a quien rechazan, sino a mí” (1 Sam. 8:7).

¿Qué es lo que podemos aprender de Ana y Elcana? Tal vez que todas las buenas historias son dignas de una segunda lectura; que nuestra comprensión de Dios, y de la manera como él actúa, moldean nuestra manera de tomar decisiones; que los instintos paternales implantados en nuestros corazones no pueden ser ignorados con impunidad; y que quizás sería mejor que algunas de nuestras promesas las dejemos sin cumplir.

Notas y referencias

1. (Mountain View, Calif.: Pacific Press, 1915), 91.
2. Ibid., 120.
3. John Bowlby, a quien se atribuye el desarrollo de la teoría del apego, vivió la experiencia de ser separado de sus padres a la edad de siete años, y fue enviado a un internado. Su sensibilidad especial por el sufrimiento de los niños pequeños se debe en gran medida a su experiencia personal.
4. Un documental profundamente emotivo de 1952, titulado Un infante de dos años va al hospital, ilustra el impacto causado por la pérdida, y el sufrimiento que experimentan los niños pequeños, cuando se los separa de sus padres y se los somete a la prácticas de las visitas familiares para niños hospitalizados.

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  1. Ref. Ana, Mama de Samuel

  2. hola te felicito por tu página está muy buena y a la vez te invito a ti y a tus visitantes a que entren a mi web que es http://tumundovirtual.wordpress.com felices fiestas y los espero a todos en mi página.

  3. “tomar en serio nuestros votos y a cumplir cualquier promesa hecha al Señor, por muy difícil y doloroso que resulte”

    “que los instintos paternales implantados en nuestros corazones no pueden ser ignorados con impunidad; y que quizás sería mejor que algunas de nuestras promesas las dejemos sin cumplir. ”

    (dejemos sin cumplir)..no es una contradiccion?

    creo que la Biblia dice que mejor es que no hagas promesas a que las hagas y no las cumplas..

    y Dios que conoce todo creo que permitio que desde antes que estuviera en el vientre de su madre lo habia escogido..

    espero no equivocarme y en caso contrario , pueda hacerme ver mi error o explicarme mejor si esta dentro de su possibilidad.

    DIOS LE BENDIGA

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